30/04/2015 | Biotecnología
El Gen Autorizado
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Por primera vez, dos cultivos genéticamente modificados en la Argentina lograron sortear las pruebas de bioseguridad que aplica el Ministerio de Agricultura para quedar a un paso de poder ser comercializados. Ambas iniciativas surgieron del trabajo de investigadores del Consejo Nacional de Investigación Científica y Técnica (CONICET) que, en asociación con las empresas Tecnoplant-Sidus e Indear, lograron figurar en la nómina selecta de cultivos autorizados, hasta ahora monopolizado por empresas multinacionales como Monsanto y Syngenta.

El primero de los casos fue el desarrollo de una especie de papa resistente al virus Y de la papa (PVY, por su sigla en inglés), una enfermedad que afecta a más del 50 por ciento de los cultivos y reduce significativamente su productividad. La nueva variedad transgénica, con la que ya se experimentó en campos de Córdoba, Mendoza y Buenos Aires, fue producto del trabajo del Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular (INGENI, CONICET-UBA), y contó con el apoyo de Tecnoplant.

Por otro lado, a partir de un gen descubierto por la doctora Raquel Chan, del CONICET, y la Universidad Nacional del Litoral, se logró una variante de la soja de mayor resistencia a la sequía. En este caso, el promotor de la innovación fue la firma Indear, quien tiene el uso y la explotación exclusiva del desarrollo.

Ambos cultivos fueron presentados ante la Comisión Nacional Asesora de Biotecnología Agropecuaria (CONABIA) y la Dirección de Biotecnología del Ministerio de Agricultura para obtener el permiso de comercialización. “CONABIA analiza la bioseguridad, que el cultivo sea inocuo y tan seguro como el convencional. Es el paso limitante en el sistema regulatorio y el análisis más importante que tiene que sortear para llegar a la comercialización. Pero el análisis no es vinculante, ya que la decisión es política; en este caso es el Secretario de Agricultora quien decide la autorización final”, señala Martín Lema, director de Biotecnología del Ministerio de Agricultura.

Para la aprobación de estos cultivos genéticamente modificados se tienen en cuenta tres factores. El primero es la bioseguridad ambiental, es decir, los impactos que el cultivo pueden generar en su entorno. También se tiene en cuenta la inocuidad del producto, exigiendo que sea tan nutritivo y seguro como el mismo producto de un cultivo no modificado. Y, por último, se mide el impacto productivo y comercial que puede llegar a tener su liberación.

Con la autorización para ambos desarrollos, la Argentina se suma a Brasil, Cuba, Indonesia, China y Estados Unidos como los únicos países que poseen cultivos biotecnológicos nacionales. Con respecto a la comercialización, Lema destaca la importancia de que tanto la oferta como la competencia aumenten entre distintos actores que oferten la tecnología. “Por otro lado, lo que tienen los eventos nacionales es que agregan diversidad. Hasta ahora, todo lo que estaba aprobado era en soja, maíz y algodón, y ahora tenemos una papa. Además, agregamos una resistencia a estrés hídrico, cuando lo que se venía autorizando era resistencia a insectos o herbicidas. Las innovaciones nacionales tienen otra génesis y otra concepción en elegir lo que se va a trabajar, por lo que se termina con cultivos que agregan diversidad, que acercan la biotecnología a otros productores que antes no tenían la opción, o a las cadenas productivas que se benefician con este tipo de herramientas tecnológicas”, afirma el especialista.

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Pero los transgénicos también son materia de debate. Distintas voces advierten sobre los peligros que podrían generar en el medioambiente y en la salud de los consumidores. Sobre estas críticas, Lema sostiene que “en la Argentina y en otro países hay actores que son críticos del uso de la tecnología. En el caso de la seguridad de los productos, en general, esas críticas son volcadas en artículos o circula por las redes sociales, pero no traen la información al sistema de regulación. Lo que uno puede rescatar de lo que lee no amerita revisar las decisiones tomadas porque no tiene bases científicas”.

Detrás de los productos de Indear y Tecnoplant, otros cultivos desarrollados por el INTA y la Estación Experimental Obispo Colombres (Tucumán) también esperan atravesar el proceso de autorización para ser comercializados.

Fuente: Federico Rey para Agencia TSS (Tecnosur)

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